DE LO DIVINO A LO HUMANO

Cada una de las personas que son atendidas en un servicio de diagnóstico por imagen es única e irrepetible. No obstante,  en la mayor parte de las ocasiones, los pacientes  comparten un conjunto de pensamientos, sensaciones  y emociones relacionadas en su visita al centro sanitario.  La incertitud, el miedo, la preocupación y algunas veces el dolor van a ser compañeras indeseables y que afectarán en mayor o menor medida la esfera  personal, familiar e incluso laboral.

Por otro lado cada uno de los profesionales que trabajan en un centro sanitario también son únicos e irrepetibles.  Éstos para poder ser lo más eficientes posible en su quehacer diario van a tener que trabajar  muchas veces de forma estructurada con  protocolos, guías y procedimientos que les  permiten dar respuestas estándar a situaciones similares o muy parecidas. Por otro lado va a tener que mantener cierto distanciamiento  afectivo al sufrimiento y el dolor   ajeno si desea seguir siendo útil y no dejarse llevar por el contagio emocional.

De esta forma, cuando interaccionan usuarios  con un alto nivel de percepción de vulnerabilidad,   con profesionales demasiado encapsulados en  su seguridad técnica y emocionalmente aséptica,  se establece un tipo de comunicación complementaria, donde una de las partes –el profesional- se sitúa por encima de la otra parte –el paciente-, al cual sólo le queda  dejarse llevar por aquello que le indica el profesional,  convirtiéndose de esta forma en un simple “receptor” del acto profesional con un papel pasivo y desplazando el centro de gravedad comunicativo en el profesional, o  va a convertirse en un conflicto cuando no está dispuesto a ceder sus “derechos” o percibe al profesional como poco “humano” o sensible.

Contrariamente,  cuando  somos capaces de trasladar el eje relacional de la parte técnica a la parte emocional, es decir cuando conseguimos humanizar la relación, estamos estableciendo un tipo de comunicación más simétrica, donde ambas partes mantienen la relación desde una igualdad y no desde una dependencia, y por tanto un papel mútumente activo,  aunque manteniendo el rol que le es propio.

Pero, ¿Qué significa humanizar? Basta recordar el origen etimológico del término; humano proviene del latín “humus”, es decir barro, algo frágil y maleable. Humanizar, de alguna manera,  no es otra cosa que una actitud plenamente consciente de servicio a las personas, basadas en el respeto a la individualidad, el deseo de aumentar su bienestar o como mínimo disminuir su vulnerabilidad  y  sobre todo  en la renuncia a mantener interacciones comunicativas basada en la jerarquía en vez del respeto mútuo.

En la humanización no tienen cabida castigos, sermones, culpas, ni la inflexibilidad.  Contrariamente encontramos escucha, contacto, mirada, interés por su vivencia personal. Porque de lo que se trata es de explorar su mundo para poder comprender, entender y finalmente atender las necesidades desde SU perspectiva y no mi creencia o necesidad y que van a ser diferentes a las de cualquier otra persona.

Humanizar significa una aceptación incondicional de la otra persona, lo cual va a permitir  desarrollar un acompañamiento profesional basado en la confianza y donde el usuario va a sentirse reconocido como único.

Pero esta humanización no se circunscribe únicamente en la relaciones usuario-profesional. También debe ser aplicado en las relaciones verticales y horizontales de las organizaciones sanitarias si queremos favorecer un clima laboral sano y por lo tanto favorecer una atención de calidad a los usuarios.

Las personas que dirigen equipos, y los propios compañeros entre sí deben ir descubriendo los beneficios que conlleva mantener  relaciones laborales basadas en el respeto, el interés sincero y el apoyo ante las limitaciones o dificultades ajenas así como el de la flexibilidad que se aleja del hermetismo sordo de los “derechos y deberes”.

La humanización entre profesionales se basa también en este necesario re-conocimiento personal y profesional donde centraremos el interés en comprender la posición de la otra persona para intentar hacer compatible los intereses de ambos sin necesidad de intentar establecer una relación de fuerza o dominio.

Al fin y al cabo, sólo cuando conseguimos establecer relaciones desde lo humano y no desde lo divino podemos estar seguros que el vínculo es auténtico y libre y no está sustentado por el miedo.

  Artur Roman Soler

TSID. Mediador.

2019-04-09T21:58:45+00:00 2 abril 2019|blog|