Más allá de las máquinas…

Muchas veces he pensado que nuestros títulos oficiales (TSIDMN: técnico superior en imagen para el diagnóstico y medicina nuclear / TSRTD: técnico superior en radioterapia y dosimetría) además de ser excesivamente largos y poco fonéticos, no hacen ninguna justicia con nuestro trabajo. En mi opinión, inconscientemente, nos alejan de uno de nuestros factores más fuertes; el valor humano. Es cierto que trabajamos con máquinas muy complejas y caras, pero también es cierto que el foco de lo que hacemos son las personas, de hecho, mucho más complejas que la más sofisticada de las máquinas. No somos meramente maquinistas, estamos en la encrucijada de muchas habilidades y competencias.

En el instituto nos enseñan técnicas, protocolos, parámetros, métodos, anatomía, fisiología, física y un montón de cosas apasionantes y útiles, pero que poco tienen que ver con “lo otro”, que es tanto o más importante. Cuando buscamos cursos de formación continuada para mejorar nuestros conocimientos, encontramos una oferta que generalmente versa sobre modalidades diagnósticas o técnicas de fraccionamiento en radioterapia. Cuando redactamos nuestro currículum vitae para ser candidatos a un puesto, nos centramos en explicar las horas de experiencia que tenemos en tal o cual máquina de tal o cual fabricante. Está bien, en el fondo tenemos que conocer bien lo que hacemos y resaltarlo. Pero… ¿Qué hay de “lo otro”?

¿Que piensan los pacientes de tí?

Cuando los pacientes nos dan las gracias, generalmente no lo hacen porque hayamos elegido adecuadamente el algoritmo de reconstrucción de su TC. Tampoco te agradecen que hayas marcado su radiofármaco tecneciado con una eficiencia superior al 90%. Casi nunca te agradecerán haber realizado una RX de rodilla en la que se observen a la perfección los espacios articulares. Cuando un paciente te da las gracias, cuando un paciente te sonríe, cuando se acuerda de ti, casi siempre lo hace por cómo lo has tratado, por cómo se ha sentido contigo. Porque has sabido atenderlo con tacto y con discreción. Porque has respetado sus preferencias hasta el grado que te sea posible. Te agradece porque ha podido entender lo que hacías, porque le has sabido adelantar las sensaciones que experimentaría. Los pacientes te recordarán porque les has escuchado, mirado a los ojos y comprendido. Se irán tranquilos porque no les has juzgado ni has pretendido minimizar con poco tacto su sensación de dolor o sufrimiento. Los pacientes se acordarán muchísimo más de lo “no técnico”.

Ojo, no digo que lo “estrictamente técnico” no sea importante, en absoluto. Intento estudiar y optimizar el uso de la tecnología que manejo de forma constante. Lo que quiero defender, es que “lo otro”, aquello para lo cual casi no nos forman, aquello que depende de tu corazón y de tus capacidades humanas, “aquello” es también muy importante. Necesario para el paciente y… ¿Para alguien más?

¿De que te sirve?

No solo somos los técnicos quienes asumimos que cualquier esfuerzo tiene que ser recompensado. Esta es una ley humana, respetable y legítima. En cierta medida, nuestros valores personales determinan qué tipo de recompensa queremos obtener. Mezclar lo laboral y lo profesional es inevitable pero seguramente, si lo analizamos con detenimiento, nuestros mejores días en el trabajo son aquellos que nos dejan la sensación de haber ayudado a alguien. Hace poco, una paciente me hizo feliz. Nos trajo un regalo, la habían operado, se había recuperado y estaba mejor. Le quedaba por delante la radio, la quimio y quizás alguna intervención más. Pero estaba contenta y agradecida, el regalo me encantó, pero lo que me hizo más feliz fue sentir que en un momento difícil, pudimos ser de utilidad para ella y se sentía agradecida por nuestra manera de tratarla. Estas anécdotas me ayudan a valorar ese factor no técnico, esa capacidad que todos tenemos y que a veces debemos aprender a explotar. Pocas recompensas superan en satisfacción y felicidad a las que recibimos cuando damos lo mejor de nosotros en ayudar a los demás.

En nuestro entorno profesional, no solamente tratamos con pacientes, tenemos que interactuar con colegas, con familiares y con otros profesionales. Todos ellos responden al mismo código de amabilidad. No existe persona que desee que se le ignore, que le guste que no le escuchen, que prefiera un trato frío y distante. Cambiar nuestra forma de proceder, puede ser contagioso, puede generar un modelo de acción que influya positivamente en los demás.

¿Puedes iniciar el cambio?

Los cambios en las dinámicas humanas requieren tiempo, pero también necesitan que alguien rompa la tónica habitual. En ocasiones, cuando entramos en una espiral de queja o de crítica sistemática, contribuimos a generar un ambiente hostil y deprimente. Un ambiente del que solamente queremos evadirnos, desaparecer. Existen situaciones difíciles de gestionar desde el punto de vista emocional, pero el resultado en insistir en determinados temas, muchas veces solamente sirve para aumentar nuestra frustración e infelicidad.

Hace unos días escuché a Merche García decir algo muy simple pero a la vez profundo y certero; “tú decides” repite ella con insistencia. Tú decides romper con la monotonía, tu eres parte del ambiente de trabajo, tienes el poder de hacer sentir bien a los demás y eso, a la larga acaba cambiando el aire que se respira en tu equipo de trabajo, el mismo aire que tú respiras. En HURRA queremos contribuir a despertar dentro de la radiología, la medicina nuclear y la radioterapia, esa corriente de humanización. Hace falta, nos hace falta, te hace falta.

¿Te unes a HURRA?

Ahora te toca escribir a tí.

Rodrigo García Gorga

2019-04-09T22:00:05+00:00 9 abril 2019|blog|